En la guerra cíclica

El sabor de la tierra, los zumbidos veloces, la cara embarrada de lágrimas velozmente secas por el viento punzante; bajo el cielo gris, en la tierra muerta, la adrenalina y los cuerpos. Los gritos que se pierden en el enredado sonido del viento y la violencia. La bandera tiroteada, las manos apretando un fusil inútil y al mismo tiempo buscando alcanzar algo más, intentando con los disparos acariciar débilmente el anhelo del hogar, de almuerzos tradicionales y música del país. Rendida la espalda contra el cúmulo de tierra, llorando sutilmente a esas caras desfiguradas bajo un uniforme nacional. Un descuido heróico. La cabeza otra vez erguida localizando el punto desde donde nos disparan la muerte. La última bala ante mi rostro.


  A la luna la dibujamos sobre el prado: la luz y el escape. «¡Suban a los carros!», gritábamos y la huida tal vez era enfrentarlos. Los jadeos, el apuro. Detrás, las filas que avanzaban y los caídos que la velocidad de los carros iba dejando atrás. Se oían en la noche los galopes de sus caballos y avanzábamos armados hacia ellos, que estaban detrás nuestro. Otra vez, en el diciembre fatal, la guerra. «¡Suban que ya no hay tiempo!» y blandíamos los gritos como si fueran puñales. 

  He visto cómo el miedo desarticula el tiempo y sólo se vive el instante de la huida o del crimen, cómo se pierde incluso la noción de sobrevivir y uno sólo tiene un deseo infinito y presente de destruir o de correr; pero nosotros ya habíamos perdido el miedo y luchábamos, no sólo hacia el futuro, sino desde el pasado, sabiendo que esta guerra ya había sucedido. Y en el anacronismo insoportable vi el cadáver de mi padre acostado sobre el pasto, muerto hace veinte años en su diciembre final, cuando el grito también era subir a los carros y dar guerra en la huida heróica, y los oídos también eran violados por el estruendo enorme de las bombas en las plazas, y ardía el fuego sobre los carros y la sangre. (Tal vez no en la muerte, sino en los instantes anteriores a ella, se nos otorgue la eternidad como un regalo divino y poseamos en nuestras manos todos los instantes del tiempo) 

  Los ojos de todos reflejaban un cadáver antiguo, perdido en las luchas masivas, olvidado bajo el césped de las plazas, extraviado en las cenizas de cigarrillos y pasiones. «¡Bajemos, compañeros!» y los pies descalzos sintieron el rocío en el pasto y los rostros el golpe siniestro. La misma luna, la misma guerra; los cascos transparentes de quien nos mata vuelven a reflejar los llantos que una vez lloró una abuela impotente y se tiñen los golpes de dolor y de lágrimas. Y dentro de esos cascos que reprimen la resistencia qué estará pasando, cómo ellos no ceden al ver nuestras caras a través del vidrio, al verlas conmovidas y deformadas por la violencia y el dolor profundo, cómo es que el odio legitima su esclavitud inhumana que revienta con sus palos los corazones en las manos; detrás del casco, qué yugo extraño motiva al enemigo a hacer girar nuevamente la rueda inmóvil del pasado, haciendo que el tiempo fluya sobre un tiempo que ya sucedió, pero que no fue olvidado, sino que fue sometido al castigo de la memoria.

  A pesar de todo, sabíamos que nuestras pasiones habían latido infinitas veces: «¡Tranquilos, compañeros! Esta guerra ya la hemos ganado».


  La puerta es de madera oscura y es diciembre, siempre, luego del veinte. (Pienso que uno debería saber la fecha de su muerte y celebrarla agradeciendo que, por lo menos, se vivirá un año más). El vestíbulo ofrece dos opciones, una escalera hacia las habitaciones o una puerta hacia la sala de estar. En ésta última, tres ventanas en hilera muestran la calle. Las paredes son blancas y permiten ser pigmentadas con cierta humedad que trae el tiempo. Los techos son altos, la luz es cálida. El olor de la estufa. Los muebles son prolijos, pero no demasiado anticuados y la decoración admite algún desorden y algunos descuidos. Hacia el fondo, el comedor y la cocina iluminada y decorada con plantas arbitrarias. A la izquierda del comedor, un patio interno, un baño y otra habitación. En el primer piso, habitaciones y un balcón hacia el pequeño patio. Una escalera y la terraza, al fondo, un patio más grande. Este inmueble lo he recorrido innumerables veces. 

  Sobre mi vereda, una vieja se detiene y se agacha, posa su oído sobre una baldosa y oye: desde el suelo sale una música sutil. Los vecinos se han unido a escucharla y comprueban que la música también está bajo las baldosas de sus casas. Ellos se han visto los rostros luego de mucho tiempo, recuerdan el prado, la noche del pueblo y se abrazan como aquella vez. Una pareja se encuentra en la esquina y se besa como si hubiera pasado una eternidad desde la plaza, antes del estruendo. El barrio entero se ha tocado las manos luego de que se les soltaron así, sin querer, entre la multitud y la muerte. Y en situaciones así, es inevitable que se arme un baile. Sobre las baldosas últimas, un abrazo en movimiento, las piernas al compás, una risa encantadora estimulada por la música del país, tal vez un tango o una abstracción, pero sobre ella el barrio baila y encuentra en la danza una reconciliación eterna, un reencuentro infinito que traduce su alegría en un relato popular, una anécdota hecha música, la anécdota que siempre sucede en cualquier esquina, la voz de un pueblo que se esconde en las armonías complejas de su música, en las virtudes de sus intérpretes, que no son sólo los músicos sino también los que bailan o los que oyen, los que se conmueven porque en esa música que les pertenece encuentran el abrazo envolvente de una casa, de un vecino que baila con ellos, de un hermano que ahora miro a los ojos, con las manos entrelazadas, la mirada cómplice de un juego antiguo, mis piernas persiguiendo las suyas, los roces de nuestra ropa, los pasos que pisan bajo la instrucción de esa música que ya sabemos bailar, porque el baile nos lo enseñó la patria y cuando nos encontramos bajo su ritmo le damos cuerpo a la voz del pueblo, porque en la manera de ser música hemos encontrado el hogar.


  No es novedosa la noticia, otra noche convoca la guerra. Recuerdo en el sueño la muerte: el prado y mi gente me esperan. Conozco, sin embargo, el final y la victoria eterna que nos concede la historia.

  Deseo, en esta muerte, descender del tren en una estación silenciosa, caminar en un día nublado por las calles del barrio y encontrarme en el portal de madera oscura, escuchando salir desde el suelo la música que me dé la última paz, que establezca un hogar eterno, inmóvil, por el que valga la pena luchar y que ofrezca el descanso que merecen los patriotas.


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