Como ya bien saben mis personas cercanas, a
quienes escribo habitualmente desde aquí, he adoptado una vida sana y ordenada —acaso
natural— desde mi habituación a esta pequeña ciudad (que por
respeto a los habitantes no disminuyo su jerarquía poblacional). Despierto,
entonces, con el canto del gallo acompañado del primer tren de carga que pasa
cinco cuadras al este de mi casa. Despierto aún en la oscuridad y el pueblo (me
resignaré a llamarlo así, inútil controlar mi naturaleza citadina) me recibe
con un sorprendente movimiento en sus veredas agrietadas. En una de esas
mañanas de murmullos y pasos sutiles, aunque numerosos,
desperté y me dirigí instintivamente hacia el almacén de doña Claire en busca
de algún té o un poco de yerba; abstraído en la indecisión, caminé sin pensar
mucho, saludando automáticamente a ciertas señoras en sus umbrales, y una de
ellas había baldeado su vereda casi completamente lisa por su intenso lavado, y
como yo no mirase el piso ni me percatase de aquella lubricación que lo envolvía,
en esos infortunios matutinos que uno desea que no condicionen el humor del
día, fui víctima de la desgracia y resbalé. Fue sorprendentemente extraño, pues
caí en la inconsciencia por un momento y especté, como en el cine, una escena
tal vez premonitoria, en uno de esos sueños en que los olores son fuertes,
recordé un fuerte aliento herbáceo que pronunciaba unas palabras difusas sobre
la muerte; y vislumbré entre la penumbra difusa del sueño la figura de la luna
y la figura del muerto.
Me despabilaría la mano suave de la señora
inglesa que rutinariamente baldeaba su vereda y mis ojos formarían el mundo
real, olvidando las desconcertantes visiones oníricas, y encajarían rápidamente
todas las piezas del entorno, siendo la primera en armarse la cara ánglica de
la mujer que, con una renegada hospitalidad, me curaría del sueño. Agradecí y
negándome a las ayudas ofrecidas, caminé hasta la esquina, donde se imponían
sobre los techos bajos los colorados ladrillos del almacén de Claire, uno de
esos almacenes de ramos generales que son una joya bermeja de la llanura
pampeana, acaso viejas pulperías de tintes mágicos, relativas a esa mitología
argentina que se destaca por lo real de sus héroes y lo vasto de sus escenarios
llanos. Curiosa combinación se forma aquí en este pueblo, en que el más gaucho
posee los duros rasgos anglosajones; rubios irlandeses que huyeron de la
hambruna, imperiales británicos que trabajan lo ferroviario, galeses cansados
del Chubut y escoceses que por alguna suerte concluyeron en las angostas
callecitas de un pueblo occidental en la provincia de Buenos Aires se juntan en
este lugar extranjerizante.
Había escogido mi lugar en el negocio desde
la cuadra anterior; desde una mesa posada contra la ventana alta podría ver los
pastizales que se extendían lejos (detrás había una mesa con mayor calidad
visual, pero estaba ocupada por un penumbroso anciano). Y entre los pastizales
podía verse surgir abruptamente la gran figura de la iglesia blanca, cuya
cúpula bronceada posee como remate una mano que apunta al cielo; tristemente
abandonada por su catolicismo, frecuentada por los pocos argentinos bisnietos
de españoles o italianos que trabajan la tierra aquí, pero cuya residencia se
sitúa en el siguiente pueblo. (La segregación de los viejos nativos y su
asimilación con los inmigrantes en estas tierras amerita un párrafo aparte).
—Buen día, ¿un té?
—Sí —traté de
responder con mi argentinizado inglés, que marcaba levemente las erres—, un té
y dos medialunas.
Me abstraje observando el interior del negocio,
similar a los cafés del centro de Buenos Aires, con la diferencia de mantener
ciertos matices familiares que en la ciudad, por el alto movimiento, se tratan
de ocultar. Aquí también se lo reserva de algún modo menor, pero más por la
fría cultura que por la frecuencia de clientela; esto se reflejaba
particularmente en las dos niñas que jugaban silenciosamente en el piso de
madera, debidamente alejadas del formal angloargentino que mateaba leyendo el Buenos
Aires Herald, abstraído como yo en su individual lectura.
La nieta de Claire me había traído el té a
la mesa sin darme tiempo a que me dé cuenta de su acción, olvidándome tal vez
del gracias y el muy amable, y ahora apoyaba su codo en el mostrador y miraba
hacia la puerta. Saluda a alguien que no logro ver y va a la calle, ordenando a
las niñas que vayan con alguien que habita tras la puerta del mostrador, y
estas obedecen. El angloargentino abandona también su mate y su diario, deja
dinero bajo el periódico y sus secos sonidos de pasos se van por la misma
puerta por la que se fue la mesera y se lo ve alejarse por la ventana opuesta.
Un silencio extraño dominó entonces el ambiente. Mis oídos parecieron olvidarse
del murmullo de afuera, invitándome a una intimidad brutal en que ni mis
pensamientos retumbaban. Me sentí tenso, en esas ocasiones en que uno posee
enteramente para sí un lugar ajeno y la moral lo traiciona inquietándolo, acaso
con temor a ser percibido como un invasor o un irrespetuoso. La abrupta salida
de todas las personas en escena provocó en mí pensamientos terribles que
originarían una duda insaciable; y es que todo pareció funcionar teatralmente,
guiando los pasos ficticios, farsantes, de quienes estaban en el bar y
alejándolos para formar este escenario absurdo e íntimo, y parecía ser yo la
única persona real allí, como si ellos fuesen actores para un teatro ante mis
ojos.
Con un
tácito temblor, saqué un libro de mi bolsillo y comencé a leerlo: no podía, el
silencio me distraía y el todavía pequeño miedo de ser la única persona real
comenzaba a atormentarme. Comencé a pensar que tal vez hubiese un factor más
que agrandaba mi incomodidad, acaso un picor en mi nuca, acaso unos ojos, acaso
el pensamiento de alguien me conmovía inconscientemente, tal vez un sentimiento
premonitorio acerca de lo que vendría. Finalmente se acercó a mí un anciano, el
anciano que se sentaba en la mesa con vista ideal y que yo había olvidado por
estar tras de mí. Aquel viejo oscurecido por la penumbra del marco de la
ventana ahora era claro y veía su piel marrón opaca, un poco anaranjada por el
nuevo sol. "Al fin alguien del país", pensé con cierto alivio aún
tenso. Me habló en castellano, en criollo. Me dijo algo sobre una iglesia que
no entendí o no quise entender. Amablemente consulté sus palabras y se acercó a
mí para repetirlo. Olí su fuerte aliento cloacal y de largos mates, observé sus
escasos dientes amarillentos, vi sus ojos rojizos acercarse lentamente, su piel
con algunos lunares oscuros, la desprolija barba y la nariz ancha, vellosa, con
los pómulos y la frente arrugados, que no me advertían sabiduría, sino que me
generaban una incomodidad inhumana. Y todo su rostro que prometía ser normal,
una vez visto de cerca trascendía lo ordinario de su físico y trasmutaba, con
su afán mortuorio, en un rostro ajeno a la especie, cercano a la irrealidad
nubosa de un demonio ilusorio.
—(...), fue usted —entendí
que dijo a mi oído, entre balbuceos dementes.
La abreviación en su diálogo no es por
conveniencia o pereza, es porque no logré comprender las palabras que había
pronunciado y ese ha sido desde entonces mi martirio y mi obsesión. Quise saber
precisamente qué me dijo y se lo pregunté de nuevo con vergüenza, pero él con
un gesto violento de mano pareció mandarme a la puta que me parió. Disgustado,
generé un odio y un resentimiento terrible hacia él. Y pensar que fue mi único
respiro de patria en este extranjerizante pueblo.
Una vez el viejo húbose ido por la puerta,
reingresó la nieta de doña Claire y un cliente nuevo, y reafirmé —gradualmente—
mi teoría de teatralidad, donde yo era el único ser real y
humano y ellos, los actores. Llamé a la nieta de Claire y le pregunté por ese anciano, me contó que
era un viejo peón, más viejo que los ingleses más viejos del pueblo, y que
vivía en una casa pobre de ladrillos grisáceos, yendo hacia la estación de tren;
también me contó que era un habitante que al pueblo le generaba un rechazo
extraño, mínimo, pero que permitía marginarlo o ignorarlo. Agradecí la
información y le conté sobre mi exabrupto, dijo que nunca se sabe cómo puede
reaccionar ese viejo, que algunos afirman que padece senilidad.
Hervía un clandestino café en mis manos que
bebía de a tímidos sorbos y al que confiaba mi debilidad somnolienta con el
afán de que, con su extraña esclavitud, me obsequie desinteresadamente una
vigilia plena, disipando esas nebulosas confusiones que son los vestigios de
una siesta.
Aquella infusión que secretamente consumía,
en caso de ser vista, hubiese exasperado a la argentinidad matera aún vibrante
en el pueblo y a la británica costumbre del té; el café actuaba como una hebra
fina que lograba, con sus últimas resistencias, devolverme a la habitualidad
citadina. La siesta que había tomado improvisadamente esa mañana, tras el
infortunado encuentro con el anciano, también me regresaba a la ciudad, de
algún modo; y junto al caliente café que se guarecía entre mis manos, recordaba
los momentos de la siesta en que me hundía en los suaves vapores de ese sueño
necesario, y rápidas imágenes violentas arañaban mi sopor. La luna, la daga, la
iglesia, los pastos raspando mis piernas, un cuerpo vacío de alma; un aliento
fúnebre que exclamaba las palabras de un mensaje también lóbrego, resonando en
mi alma que, creía, aún conservaba. Y según aquel mensaje salival que el viejo
dijo ásperamente, no era él quien murió anoche en el campanario, era yo; pero,
¿qué campanario, qué iglesia, qué noche, qué muerte?
Ese viejo terrible que con su fétido ser me
atormentaba incluso en sueños y que mi paz quebrantaba en cada ocasión en que
mi mente recordase algo que remitiese a él... Ese viejo había logrado ser
odiado profundamente por mí y ser la obsesión mortuoria de aquella mañana que
condenaría el resto del día y, quien sabe, quizá un largo tiempo más desde su
aparición en el almacén y en mi sucio sueño.
Debía viajar a Buenos Aires ese día,
aceptando la propuesta que mi amigo hizo la semana pasada, cuando me llamó para
mostrarme su teoría sobre la esfera infinita y la esfera menor.
Salí de mi
casa y me dirigí entonces a la estación de tren; en la esquina recordé que la
nieta de Claire me había referido la ubicación de la casa del viejo horrible,
sita cerca de la estación, a mitad de camino; es claro que el camino ya lo
había hecho diversas veces, pero jamás prestando atención a los habitantes de
las casas que al recorrido decoraban lateralmente, aquella vez lo hice y vi en
una esquina una sucia casa grisácea, con un descuidado parque delantero, que de
sus pastos parecía surgir una improvisada mesa hecha a partir de un tronco
talado donde un mate viejo, una pava y un pan casero se posaban; una silla antigua
también decoraba la escena, y sobre ella descansaba ruidosa e indiscretamente
el hediondo anciano. ¿Cómo alguien puede generarme tanto rechazo? ¿Será alguna
premonición inconsciente? ¿Será un prejuicio extraño? Pero no es únicamente
odio lo que me produce, sino también incertidumbre; pues con este hombre surge
en mí la mayor expresión de la duda ante la humanidad ajena que alguna vez pude
haber tenido. He dudado de la humanidad de todos los habitantes de este pueblo,
he dudado incluso de la existencia real de este pueblo, ya que en muchas
ocasiones ha dado lugar a una teatralidad extraña difícil de creer como real;
pero este personaje tan particular —que a su vez nada de particular
tiene— es tan ambiguo, tan mágico de algún modo, tan ficticio,
que es imposible verlo sin llegar a una inquietud imprecisa por su incerteza
odiosa. (¿Es acaso nuestra innegable similitud la que me repele y confronta?).
Y luego de verlo durmiendo volteo al pueblo y veo la actividad en las calles,
las vecinas y los vecinos que conversan de vereda a vereda, que se sientan en
una esquina, que barren obsesivamente sus baldosas, que ríen detrás de las
ventanas, que oyen radios británicas que retumban en cada farol; y yo los veo a
todos ellos y tampoco se salvan de ser objetos de duda, de ser extrañas
presencias que invitan con su ordinario andar a la incertidumbre, pues ¿es
posible que actúen con tanta naturalidad? ¿No es ese exceso de naturalidad
(aparentemente imposible) un factor que llama a interrogarse íntimamente acerca
de la, hasta ayer, irrefutable existencia del otro? ¿No invita a cuestionarse
si, realmente, existe algún humano fuera de la propia mente?
Tomé un tren que por una hora me retuvo, y
luego tomé un colectivo. Llegué a San Telmo al mediodía. Hambriento, busqué un
lugar para comer, y encontré sobre la calle Independencia un negocio
pintoresco, pero que, por su calor interno y su carencia de mesas en la calle,
me obligó a comer afuera. Sobre la calle Defensa me senté bajo el dintel de una
puerta alta apoyándome en el mármol agrietado de su escalón. Son curiosos los
eventos que acontecen cuando aquel barrio me recibe —no sé si
es el barrio, yo o el encuentro entre ambos lo que generan estos sucesos—, siempre
llaman mi atención y siempre son memorables. Aquella vez, almorzando en ese
pórtico avejentado, fui testigo de uno de esos eventos; primero oí un murmullo
agradable que se avecinaba desde mi derecha y golpes rítmicos sonaban y se
acrecentaban, cada vez más grandes y cada vez más joviales: era el murmullo de
una turba alegre que descendía por Defensa. Se acercaba la murga, entonces, y
en una extraña peregrinación danzante se expandía la alegría sobre las angostas
veredas, y vi —acaso sentí— el modo de manifiesto de aquella alegría que trascendía la
alegría ordinaria, la pasajera, y era acaso la expresión de todas las alegrías
de una vida o de la historia. Vi bailar a los cuerpos independientes en la
calle Defensa, los vi bailar prescindiendo del alma, los vi desligarse de aquel
peso metafísico de trasladar un espíritu —eternamente predilecto—, los vi
deshacerse del común desprecio que se tiene por ellos y los vi ser alegres en
su plenitud y libertad; fui testigo de la danza pura de las carnes. Vi cómo los
cuerpos supieron ser, felices, independientes del alma por un momento; los vi a
los dos contoneándonse, porque un cuerpo y un alma es un humano, pero separados
conocen bien la expresión, conocen bien su forma de gritar y conocen, sobre
todas las cosas, la forma de bailar. Fue eso lo que vi mientras la murga pasó
delante de mí y me poseyó de un modo ajeno. Yo vi a la trinidad del baile
deconstruida; yo vi al cuerpo, al alma y al humano gritar. Yo vi bailar a los
cuerpos libres sobre la calle Defensa.
Tras eventos así, la humanidad afirma su existencia ante mí, pero, ¡ah!, la soledad me devuelve al viejo hediondo, al
pueblo; acaso el modo casi eremita que tengo de vivir cuando me encuentro solo
junto a mí es el causante de esto, acaso aquel escape al pueblo de largas
llanuras, acaso aquellos ingleses que me invitan y me absorben, casi como un
ritual, en su cultura; y los sueño recibiéndome tras descender del tren
celeste, en una noche tibia, vistiendo todos sus amuletos más preciados,
haciendo honor a su patria que ha logrado colonizar una parte de la mía —y por lo
tanto un poco a mí, débil y maleable humano—y tras un abrazo multitudinario
me acompañan, con sus manos en mi espalda, hacia mi pequeña casa de estilo
tudor, y me sirven el té y suben el volumen de una radio anglosajona, con su
acento bien marcado, y me invitan, ante mi vulnerabilidad, a entender y amar su
vida, sus colores rojo, azul y blanco, su orden, su acento foráneo, su imperio.
Pero estoy en Buenos Aires y debo ir a
Vicente López, y, aunque estoy solo, habito en la libertad de mi patria.
Esperé el 29 en alguna calle angosta con
altos edificios viejos. Luego bajé en Vicente López y me encaminé al río, me
encontré con mi amigo y rápidamente decidimos irnos de allí para habitar la
tranquilidad de un hogar. Tomamos la calle Laprida en dirección a su casa. Ah,
qué aliviado estaba en ese momento, sin recordar las cavilaciones que acontecieron durante el día (a excepción de alguna contemplación al río, recordando las
invasiones que nuestro pueblo sufrió; recordé las invasiones inglesas, ¿por qué será que existe esa silenciosa guerra eterna con aquel país?); más allá de algunas vagas
reflexiones, estuve cómodo y desligado. Sin embargo, un infortunado accidente
que acaeció a mi amigo me devolvió al infatigable ritmo que los pensamientos
tienen en la soledad, y al ver la sangre que brotaba tímida desde el canto de
su mano, y que él bebía desinteresadamente, dudé. Dudé, sí, ¿por qué? No era el
momento, no lo deseaba, y aun así dudé; aunque esta duda fue más bien
optimista: quizá esa sangre era una confirmación de que dentro de él funcionaba
algo, que su cuerpo no era sólo una pantalla que se me mostraba para asegurarme
realidad sin necesidad de poseer una existencia y un organismo, me demostraba,
quizá, que él podía sangrar igual que yo; pero a su vez podía demostrar que el
extraño simulacro, del que yo era principal víctima, era complejísimo y capaz
de realizar los más intrincados sistemas y trucos para convencerme de que esta
realidad es real, y que esta humanidad que
veo en cada persona es fidedignamente humana, aunque al fin no lo fuera.
Intentando olvidar los crueles
razonamientos que apuñalaban mi tranquilidad, escuché con vaga atención las
historias de mi amigo. Llegar a la casa me alivió y tomamos un café con leche
viendo el sol comenzar a morir. Recordé, mientras armaba un cigarrillo, que
estaba allí por algo, que él debía contarme sobre su teoría de las esferas.
—Ah, sí. Te adelanté un poco en
el viaje.
—Quiero que me lo cuentes bien.
Esperé a que buscase el papel en que tenía
anotado todo. Cuando regresó, tras una leve introducción, comenzó a hablar.
—La ciencia y la sensibilidad han
demostrado a través de la historia que la forma perfecta y más bella es la de
la esfera, ¿no?
Asentí.
Quise comentar que su visión era excesivamente grecorromana, pero preferí
seguir oyéndolo.
—Reúne en
sí lo excelso de la vitalidad y el poder, la perfecta labor de un orfebre
superior y la cualidad del infinito. La mayor expresión del infinito esférico
se encuentra en la esfera máxima, en la del cosmos, y cuyo centro es todos
lados.
» Por otra parte, la circunferencia de la
que es dueña la esfera (aquella línea que la rodea, que no es menos importante
que la esfera en sí) es también inacabable y es la más fina metáfora sobre sí
misma. Lo explico mejor: es evidente que la misma esfera universal se alude a
sí misma metafóricamente a través de la circunferencia que la bordea, pues en
ella expresa explícitamente su infinitud; aquella línea circunferencial
infinita que la esfera luce poéticamente sobre su contorno es su propia representación.
»Con esto, observo que el universo
posee un poder artístico y que el arte es de suma importancia en su
envergadura, al exponer una metáfora en su misma figura, pues ¿qué ser podría
crear una metáfora poética sin ser artístico?; y con esto podría afirmarse que
el arte es capaz de sacudir profundamente al cosmos, y efectivamente lo hace:
inquieta al universo armoniosamente, y el ritmo constante del cosmos, el motor
que lo hace funcionar, sólo es producido por lo artístico; pues es el
sentimiento, son las almas quienes, conmovidas ante las obras bellas,
metafísicamente impulsan la rotación de la mente sensible de Dios, nutriéndola de saber y sentir, movilizando su
conciencia mayor. La magia, el amor, la fe, el arte y el alma son quienes
mueven al universo y lo hacen ser y funcionar.
—Resumiendo, podríamos decir que
hablás de que el universo es una esfera, que en sí misma lleva una metáfora (la
circunferencia), que esto hace al cosmos ser artístico y que su funcionamiento es gracias al arte y el
sentir.
—Precisamente. Por otra parte,
mencioné a Dios. Él es la sumatoria final de los cuerpos de todos los pueblos y
todos los animales que, libres, pasean sus cuerpos a través de la esfera; y
Dios es también la sumatoria de la memoria, de la conciencia, de las almas que,
presas de una empatía suprema, corren como en rieles a través de la
circunferencia, y ambos (cuerpos y memorias o almas) forman la existencia
redonda, forman la conciencia abarcativa y completa de la esfera máxima.
» Y aquel paseo de los cuerpos por la
esfera y las almas por la circunferencia es un ciclo de vidas y muertes, y es
cumplido incesantemente de la manera bella que tiene la naturaleza y Dios (nosotros,
los habitantes) de esclavizarnos.
» Las almas deslizándose por la
circunferencia y los cuerpos bailando en la esfera, forman a Dios. Dios,
entonces, es la memoria y la vida de los pueblos y los animales.
—Podríamos afirmar, entonces, que Dios es
la historia, y que no cesa de ser escrito y creado. Por lo tanto, también sería
válido decir que Dios, la historia y la esfera universal son una misma
entidad.
—Sí, y estaríamos de acuerdo con la teoría
que propongo.
—Seguí.
—Sin embargo (y esta es la idea principal
de mi teoría) —comenzó a leer—, tras la muerte la esfera se reduce y ya
no la componen los pueblos, sino que está compuesta exclusivamente por el
muerto y el último aliento de su mente, su último anhelo. Y aquella soledad que
trae la pequeña nueva esfera provoca un delirio infinito y terco que se niega a
haber sido vencido en la guerra última, aquella más silenciosa pero que más
hiere el orgullo: la de la muerte, la del abandono de la vida. Y en medio de
esa insistencia obstinada en que el alma, la mente y el cuerpo coinciden en una
lucha común, es cuando Dios satisface dos deseos. Primero, el deseo más obvio,
el deseo de la vida; pero lo otorga al precio de que la esfera mayor universal mute en
una esfera menor, póstuma, personal, reducida al segundo deseo final de una
existencia que es pertinaz en su exigencia de vida. Ese segundo deseo dependerá
del muerto, del último grito profundo que haya dado su alma antes de morir.
» En resumen, el primer deseo siempre es el
de vivir, el segundo tiene variaciones en cada persona muerta y es muy
personal, y en él se basará la próxima existencia del muerto, donde deberá cumplirlo él mismo.
» La nueva esfera es pequeña, reducida a un
corto lapso de tiempo en que el muerto debe cumplir su segundo anhelo. Y uno puede pensar que una vez cumplido ese deseo, el muerto terminará de morir, pero no: deberá cumplirlo por la
eternidad. Y no podrá escapar de aquella tarea infinita, pues el único espacio
tangible y el único tiempo transitable residen en la limitada esfera, que
repite incesantemente sus paisajes, sus días, sus destinos.
» En esa esfera final deberá habitar y en
ella será ambiguamente beneficiado con su reclamo; aquel favor que Dios le
concede acabará siendo la tortura claustrofóbica que es el precio de una
pequeña, cíclica inmortalidad deseada. El muerto ha querido vivir y le fue
concedido, el muerto ha deseado cumplir un último anhelo inconcluso y se le fue
dado. Por lo tanto, vivirá por siempre cumpliendo su deseo incluso. Esa ambigua justicia de Dios es incuestionable.
—Es una teoría tan terrible como
curiosa, pero no me atrevería a afirmarlo tan a la ligera.
—No lo afirmo porque sí, no es un
razonamiento, es una fe. Y creo fervientemente en que es así, y mi opinión no
va a cambiar porque, como dije, no es opinión, es fe.
—Yo creo que no es así.
—¿Por qué?
—Porque el universo no existe, ni el mundo,
ni Dios, ni la ciudad, ni vos. Ni el pueblo donde vivo, ni el viejo que me
implantó una obsesión ineludible; sólo existo yo, porque la existencia es
certeza y sin certeza nada existe: a falta de Dios, el Dios que inventamos es
la seguridad, la tangibilidad, la demostración, quizá la ciencia o la
experiencia, y es justamente en ese Dios en quien yo creo, pues no hay nada en
mí que me dé fe de otra cosa. Y al no tener certeza de vos ni de nadie, no hay
otra existencia más que la mía. Esa es la única que puedo demostrarme y que
puedo sentir como real. Yo soy la única certeza en este lugar teatral,
obra de un dramaturgo quizá. Y todo funciona tan exactamente que es imposible
siquiera ceder un poco en asumir la posible existencia de lo demás, porque es
todo tan perfecto, tan natural, tan como es y debe ser, que no es creíble;
funciona como debe y no hay alteraciones y eso es imposible, es imposible la
perfección y el equilibrio que plantea el mundo. El único universo demostrado
es el mío y la única esfera es la mía, con mis ideas y mi sentir. Lo único vivo
en este universo está acá, en mí, lo único que realmente existe en esta esfera
absurda que vos me proponés. Desde hoy creo que es así y, al igual que vos,
ahora tengo una suerte de fe, una fe que se aferra a la única certeza
existente, no por frialdad o falta de sentimiento, ni por egoísmo, sino por
desesperación.
—¿No estarás muerto entonces?
En ese momento sentí un impulso de matarlo.
Le demostré mi disgusto con la respuesta y amenacé tensando levemente mi puño
escondido en mi bolsillo, detuve mis impulsos huyendo al baño, a meditar sobre
qué debía hacer. Sentado patéticamente sobre la tapa del inodoro, pensé en si
realmente valía la pena matarlo, pues eso quizá sería la única demostración que
jamás tendré sobre la humanidad y el existir ajeno; pero reflexioné y pensé que
ese experimento debía realizarlo con alguien que no temiese perder, y con
alguien que valiera la pena matar. Pensé entonces en el viejo del pueblo.
Salí del baño y decidí irme. Él insistió
con que me quedase, pidió disculpas por plantear semejante incógnita existencial
y prometió no volver a hacerlo. Finalmente abrió la puerta y tomé todos los
transportes necesarios hacia el pueblo.
En el viaje mordí mis uñas, arañé el
asiento y mi rostro, escribí, pero jamás paré de pensar. Fueron dos horas
terribles que comenzaron con la muerte del sol y terminaron en una noche fría y
seca, en la estación del pueblo, con un viento sutil y la luna llena iluminando
exageradamente esta región de la tierra.
Había
llegado al pueblo, descendiendo de ese tren celeste y geométrico. Un soplido
suave de aire me refrescó la cara, tras el candor incipiente con que el
desprecio se había manifestado en mí. Vi la oscuridad y la debilidad de los
faroles cálidos, vi las casas pálidas y desteñidas, y los ladrillos carmesíes
que empolvaban las veredas tempranas con su sobrante rojizo que caía. ¡Este
pueblo extranjero que tanto daño me ha hecho! Extrañé mi país, mi hogar, al
punto de no querer nada más, en una suerte de enajenación inversa. Finalmente,
tomé un ladrillo caído que había cerca de una casa y lo llevé conmigo.
Debía, por esa necesidad instintiva del
odio, buscar la casa del viejo. Su piel dura y agrietada me llamaba, pedía que
la hiriese, que le hiciese un daño irreparable —o esa era la sensación que me daba
un salvajismo imprevisto en mí.
Llegué a la casa, sigiloso, vi la misma
escena que vi en la mañana: la silla austera, la mesa que era un tronco talado,
la pava echada al óxido con su agua enfriándose, un pan húmedo por el rocío de
la noche, el mate. Salté la tranquera diminuta y, aun con más cautela, me
dirigí al interior de la casa. (Las baldosas viejas y frescas me recibieron;
las paredes de ladrillos grises que suplicaban revoque estaban atentas a mis
movimientos). Tuve que quitarme los zapatos y pisar suave. Encontré el cuarto;
el anciano sucio dormía, entre sábanas húmedas y una almohada fina. Él dormía y
no sabía que iba a ser golpeado con un ladrillo inglés. Con cierta empatía, lo
golpeé, procurando dejarlo inconsciente.
¿Por qué no acabé con mi desprecio allí?
Podía matarlo de un golpe y mi sufrimiento terminaría allí. Pero no, necesitaba
algo, quizá, más monumental, un acto fúnebre digno para el entierro de ese afán
terrible, para la despedida cúlmine de un padecimiento pútrido como lo es el
desprecio irracional.
Vi por la ventana la noche, y en la noche
la luz gigante de la luna, y en su iluminación vi brillar el dedo plateado que
relucía rematando el campanario de la iglesia, ese dedo que apunta al cielo y
que guía hacia la fe y hacia la muerte. Era allí, bajo esa campana solemne,
donde debía morir el viejo, y con el viejo el odio. En el campanario de su iglesia debía demostrarle a Dios su inexistencia.
Bajé al viejo de la cama y moví, sin
querer, la almohada, que dejó ver bajo ella un puñal con decoraciones áureas en
su empuñadura. Lo vi brillar también por la luz de la luna, y pensé que ella,
curiosa espectadora, me guiaba hacia la redención final de mis oscuridades.
Guardé, entonces, el puñal, apretándolo
entre mi cinturón y mi vientre, sintiendo el frío de su justicia. Precavido, llevé conmigo también el ladrillo, por si algo imprevisto
sucedía.
Arrastré al anciano por los
pastizales altos que separaban la última calle del pueblo con la iglesia, habrá
sido una distancia de diez cuadras largas. Los pastos raspaban mis piernas, la
noche perdonaba mi crimen, la euforia del asesinato, del perdón que estaba ya
entre mis manos, me daba una voluntad y una fuerza inhumana para trasladar ese
cuerpo inconsciente hasta el templo dorado de fe. Cuando estuve frente a la
gran puerta enorme temí que estuviese cerrada, pero estaba entornada, entreabierta,
con los brazos dispuestos a recibirme, hospitalarios. La abrí y vi la gran
figura de Cristo en el centro, detrás del altar y culminando la forma de bóveda
y los consecutivos arcos del palacio católico. Seguí arrastrando al viejo entre
las butacas y llegué a una puerta privada que conducía a las escaleras hacia el
campanario. Miré hacia arriba: la escalera era caracol. Casi caigo subiéndolas,
pero sus barandas de madera firme y bella me sostuvieron (agradezco y felicito
al carpintero que las labró).
Descansé. Arrojé el ladrillo al lado del
viejo. Desde el campanario veía al pueblo y al campo oscuros, levemente
platinados por la luz curiosa de la luna. El viento lavó mi cara nuevamente,
mis pómulos, mis párpados. Sopló más fuerte el viento allá arriba, o quizás era
el terror y la ansiedad. Sentí las pestañas bailando al compás de ese viento
feroz, sentí mi pelo fino y negro despeinarse, y no me preocupé.
Me di vuelta al escuchar un ruido, y vi al
viejo tomar el ladrillo e intentar atacarme, y desde allí sólo tengo recuerdos
nebulosos. Recuerdo tomar, con un terror horrible, el puñal y cortarle la
garganta. Recuerdo bajar las escaleras corriendo, de a dos escalones, recuerdo
las nubes grises de la noche y correr entre los pastizales hasta mi casa.
Recuerdo curarme algunas heridas y recuerdo dormir y soñar. Supongo que nada de
esto en verdad pasó, la mente es muy vaga para imaginar. Lo único nítido que
recuerdo es el sueño de esa noche. Eran las mismas imágenes que me
atormentaban, pero ahora con sentido. La cúpula, una campana, la luna, la
noche, el viento, un ladrillo en mis manos, los gritos y, ahora, el viejo,
recuerdo claramente su cara mirándome con sus ojos rojizos, su piel marrón con
manchas de vejez, sus arrugas ásperas, su pelo duro y entrecano. Soñé también
con el encuentro que tuve esa mañana en el almacén con él. Soñé al
almacenero, al inglés con su diario y a las niñas. Soñé la intimidad. Soñé al
viejo detrás de mí y soñé, claras, las palabras que en verdad me dijo, y las
entendí.
—No fui yo quien murió anoche en la iglesia
—me confesó con su aliento pútrido, que en el sueño fui capaz de oler—, fue
usted.
Fui yo.
A la mañana desperté en el alba. Me vestí y
salí hacia el almacén de Claire, ese edificio rojizo. En el camino resbalé con
un piso mojado, una mujer inglesa me ayudó. Fui al almacén y pedí un té con dos
medialunas. Vi un inglés leyendo el Buenos Aires Herald, vi dos niñas jugando,
todos salieron. Vino el viejo y me dijo lo que me dijo en el sueño. Pagué y me
fui. Bebí café y dormí, soñé. Fui a lo de mi amigo en Vicente López, me contó
su teoría, volví de noche y maté al viejo, o me mató. Dormí. Desperté, fui al
almacén, el viejo me dijo que fui yo quien murió, Vicente López, llegué de
noche, maté al viejo y volví a dormir. Almacén, el aliento del viejo, la murga
en San Telmo, la teoría de las esferas, la noche, el puñal dorado y creí matar
al viejo. Dormí.
Mientras escribo esto, acabo de dormir y
beber café. Estoy a punto de tomar el tren a Buenos Aires para ver a mi amigo,
al igual que anteayer y ayer y mañana. Temo que este ciclo no culmine y temo
quedar atrapado en este eterno mundo inacabable. Mi voluntad
no se ejerce; todo culmina en repetir mis acciones, aunque añada algunas
actividades nuevas, todo me lleva a cumplir eternamente mi último deseo: redimir
mis oscuridades, mis remordimientos, acabar con ese símbolo de lo que me
avergüenza. Y creo que, al intentar realizar ese deseo, no logré matar al viejo, a ese
estandarte de mis vergüenzas y dolores, sino que sólo logré matarme a mí.
Hoy creo que ya no es aquél mi mayor deseo,
pienso que, quizá, mi mayor deseo sea dejar de morir.
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