Al féretro lo decoraban dos estatuas a sus lados que parecían coronarlo, escoltarlo, le otorgaban la autoridad que merecía la muerte. La luz dorada entraba por la izquierda y culminaba en él, dejándolo como una suerte de tesoro final; más bien, la luz parecía salir del ataúd, convirtiéndose de ese modo en una figura luminosa que nos excedía. Nosotros debajo, arrodillándonos por turnos, rezándole palabras que nunca recordaremos, murmurando susurros que el crucifijo de la pared acumula y sólo él rememora. (Si lo oímos, escucharemos las voces de otros confesores, de otros orantes).
Nos envolvía la sonoridad de la iglesia, su acústica. Los leves —pero sentidos— sonidos que producíamos rebotaban en las pinturas de los techos y paredes. Y si los observábamos con debida atención, nos veríamos reflejados allí, pues las tragedias que narra la fe son las tragedias que se nos narran solas en el rostro, que narramos en la mirada.
Salimos de la iglesia y caminamos dos cuadras con el féretro al hombro, sobre los adoquines, bajo el sol que intermitentemente aparecía entre las nubes grises. La cansina imagen de nuestro paso penitente traía a la mente a Atlas sosteniendo el mundo, soportando con gravedad su peso físico y su peso triste, el de sus saberes y sus recuerdos.
Cuando el evento terminó, oímos al cura recitar dos o tres palabras. Vimos el ataúd hundiéndose en la tierra y leímos para nosotros el epitafio que con severidad rezaba: "¡Hablen del día! Que quiero escuchar la sombra, que quiero tener el nombre que me dé la vida".
Nos despedimos de ese cajón vacío, de ese símbolo injusto que pretendía apersonar al muerto a pesar de su carencia de cadáver; a pesar de que el cuerpo no se encontró, que se perdió en el mar, que descansó cómodo en el profundo azul que amó toda su vida, aunque nunca lo haya sabido, aunque, en vida, el muerto haya aborrecido el mar y su grandeza brava. Y sabemos que lo amó, pues tenemos fe de que en la muerte uno se fundirá con su entorno, inexplicablemente encontrará una patria y será su amor, aun si en vida se haya ignorado o rechazado aquel escenario. Y se estará tan a gusto, se sentirá tanta emoción, que al momento de morir se oirá una música tenue, débil, que brotará del cuerpo que se nos va, y será una melodía particular, será una música pura, una canción pequeña que nos regalará el silencio.
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