Reposaba el ataúd como un plato más sobre la mesa, a modo de exhibición, parecía colocado para mí. Atravesé la sala de estar y subí la pequeña escalera hacia el comedor, distinguiendo de antemano y con extrañeza el gran cajón mortuorio que descansaba sobre mi mesa. Atiné a pensar que era el mío, que había muerto mientras viajaba a mi casa y que se trataba de la ilusión onírica que tanto esperé en mis reflexiones sobre la muerte, esa ilusión simbólica que antecede a la consagración del alma, al desligarse de ese cuerpo que la hace bailar y la conduce al pecado. Pero todo era tangible, no era ningún sueño, la radio informaba las noticias del día, el reloj daba la hora adecuada y no había elementos de la fantasía inconsciente. El único factor absurdo de la situación era el féretro (aunque luego descubrí que no era el cajón el símbolo, sino lo que contenía).
Supe que en ese cajón descansaba algo mío que no era mi cuerpo, o que si lo contenía no sólo contendría eso sino también innumerables cosas indecibles, infinitas. Allí se encontraba, en esa infinitud de elementos, la esencia del hombre, se encontraba el germen de las cosas, se encontraba la guitarra, el encordado que ronca las armonías sobre las que canta el alma. Ahí adentro estaba el deseo, estaba el cuerpo, estaban todos los ancestros putrefactos, los acentos olvidados, está allí el primer fuego, está el moro que vagó el desierto inundado por el sudor y rebozado en arena. Está la leche de la loba, está Buenos Aires. Residen ahí dentro, grabadas e inmortalizadas las voces de los abuelos que no conocí, los idiomas diversos que me hacen, hoy, hablar el lunfardo. Están los colores que no existen y el color terrestre que forman los colores de todas las banderas juntas, ese pigmento de tierra que los astros me otorgaron y que rige mis movimientos y mi fortuna. Está la ternura, el odio, la memoria. Sé que ahí adentro están los ojos siempre abiertos de los padres y los padres de los padres, que vigilan y organizan los actos que son míos.
Pensé interminables las paredes del ataúd, que caen hacia un vacío oscuro repleto del temor incomprensible. Pensé interminables las puertas que las paredes tendrían, y que llevarían a las habitaciones que rellenan la casa añosa que ahí dentro se esconde, cuyo techo altísimo es la tapa de madera que deslicé y abrí, dejando salir el silencio más pacífico y luminoso, y las voces que con serenidad hablaban de la historia y de la magia.
Veo la muerte, la veo en la luz que invade el cuarto, las ventanas abiertas y el comedor lleno de pájaros. El cofre inamovible reposa ahí, con el secreto eterno que cubre de luz cada sombra. Las cosas oscuras no son de ese modo por naturaleza, simplemente existen involuntariamente en las penumbras, tras los objetos, bajo la mesa, entre el armario y la pared. Hace falta la muerte que oficie de lámpara, la muerte colgando del techo, elevada, expulsada desde lo abierto del féretro. La figura anacrónica del final, sosteniendo la antorcha del fuego inmenso, que contamina lo estático de emoción y de claridad.
En la traumática pose del vivo que yace dentro de su propio ataúd me encuentro. Dispuesto al trauma, en pos de morir, pues ¿qué experiencia menos traumática y eterna que la muerte? Si es una amenaza y no la hora definitiva, deberé dejar atrás la vida que he tenido para rendirme ante la extorsión universal, la que me deja probar el sabor de mi castigo, en caso de que siga quebrantando sus leyes. Pero acepto la amenaza, la disfruto, dejo que me invada de temor para por fin sentir algo, para por fin darme cuenta que dentro mío existe algo que es débil, blando y teme. Si es mi hora, es mi deber atravesar el horror y dejar que la luz inunde la habitación. Si es mi hora, es mi deber abrazar lo repugnante y dejar que de mi muerte, de mi cuerpo abierto salga el ave que debo al mundo.
En el punto cúlmine de la tortura, me hallo bajo tierra, intentando percibir a la distancia la luz de alguna moraleja. Sé que en las infinitas enseñanzas de mis ancestros apreciaré el problema cíclico de mi raza: el silencio. Si el afuera me espera ansioso, volveré con música popular. Sin embargo, no veo más salida que la resignación y comprendo lo cúlmine de mi condena; deberé llenarme de oscuridad, ser la malicia involuntaria, tocar el fondo de los sitios a donde la luz nunca ha llegado, para que luego sólo quede llenarme de ella.
Siento incorruptibles las cerraduras de mi féretro y comprendo la profundidad de mi entierro, cerraré los ojos hasta que no exista la vigilia. A mi epitafio cobarde designaré la única palabra que, antes de morir, me atrevo a decir con certeza: perdón.
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