Es muy difícil para mí saber la manera o la razón por la que me trajeron aquí. Pienso que ha sido por mis obras o mis ideas, pero ellas no eran sino las que naturalmente lleva a cabo un individuo de nuestra especie. ¿Cuál es entonces la diferencia punible, cuando al fin y al cabo todos perseguimos el bien? ¿Qué pensamientos evocan en ellos el Universo y el mundo? ¿Acaso tienen pensamientos realmente? ¿Tienen ideales? Entiendo que a sus vidas las acompañe una moral, entiendo también que las acompañan sus personalidades y sus valores ante el otro, quizá en una fiesta, en el hogar o en su trabajo (ah, sucio trabajo)... Lo sé, sé que son dueños de una ética, de una cultura, de una colectividad acaso rioplatense, acaso completamente argentina o universal; sé que poseen aquello que nos asemeja. Entonces, ¿cómo se explica lo que sucede cuando reposan su cuerpo en aquel sillón (¡sillón de sillones!) y...?
Hay un hombre que custodia mi celda y que, gradualmente, comienzo a conocer. Permanece en pie, sin fatiga en sus rodillas, ante mis barrotes que más bien parecen las antiguas rejas que decoraban las ventanas de la casa de mis abuelos, esas de diseños ondulados, barrocos, que formaban flores de metal negro. Al hombre pocas veces lo he escuchado emitir palabras, pero sí lo he oído emitir ruidos y formular secuencias de movimientos; esto permite un casi completo estudio de su naturaleza y su ser, por lo que lo he estado estudiando. Es un idiota. Permanece allí, obligado, obediente, orgulloso de su sumisión, sacrificando el sol, su sueño y su familia ante el umbral de mi celda. (Mi celda, ahora que tomé un momento para pensarla, es más bien un zaguán. Las rejas que describí, el fresco mármol amarillento del piso y las paredes, el espejo y el diván rojizo que hay aquí se acercan más a un cómodo vestíbulo que a una cárcel. ¿No será esto, no una celda, sino una simple entrada a una existencia aún anónima?).
El hombre aquel se yergue con una pseudo militaridad esclava, ciega, característica de aquellos hombres indecentes y sucios que simulan formalidad ante alguien a quien consideran y aceptan como superiores, ya sea un ídolo fascista, una mujer o la patria.
¡Qué pena me da! Lucharía por él; sus pies descalzos enternecen mis cejas. ¡No! Sus pies descalzos pisando el barro subterráneo de Buenos Aires. ¡No! Su posición curva, su espalda jorobada, pisoteada, que intenta erguirse con fuerza, no por resistencia sino por el intento de mostrarse disciplinado y derecho, apto para ocupar un lugar que siempre tendrá vedado, aunque mostrándose finalmente como lo que ellos consideran el más patético de los colimbas. ¡Ah, sálvennos a los dos! Pero él es un idiota, dejará que su espalda se curve hasta el hartazgo y cobrará su jubilación con dolores en la columna. ¿Cuánto dinero recibirá ahora su familia por la labor eterna que ejerce custodiando mi calabozo? ¿O ejerce este oficio ad honorem, por la Justicia y la Verdad?
Ante este caso, mi empatía y mi lucha deambulan por otra de sus bifurcaciones.
Debo aclararles a todos, debo esclarecer esta verdad, y es que aquel juicio que todos han visto desde los bulevares de la calle San Isidro Labrador y llevado a cabo bajo la campana ensordecedora de la iglesia homónima, fue falso; una ilusión de la luz, esa luz que de algún modo ellos manipulan con total destreza. No encuentro los medios ni tengo el conocimiento para explicar la forma en que les han mentido, pero preciso que la destinataria o el destinatario de esta carta confíe en mis palabras.
¡Ah! Todo pareció un sueño, es casi onírico y nunca me sentí vivo allí. Sentí que aquel sucio (y a su vez real) juicio en que el cura desnudo fue juez, y la inmediata condena, me despojaron de la capacidad de la sensibilidad, por lo menos parcialmente. Y es que luego de andar sobre aquel auto macizo por los conductos sutiles que unen la iglesia de San Isidro Labrador con la de la Inmaculada Concepción, me sentaron en alguna habitación de esta última bajo un Cristo enorme y se me acercó el cura desnudo, que no era católico ni pertenecía a ninguna religión humana (esto no quiere decir que sea de algún lugar lejano a nuestro planeta, sino que, creo, es discípulo y mensajero de algo a lo que el humano como especie nunca ha llegado y se le es prohibido). Y el cura se acercó mostrando su verdad lampiña y su cuerpo flácido, excesivamente real, y con su mano venosa sobre mi hombro harto oí las palabras de la condena que reservaba para mí, y los inmóviles hombres detrás no mostraban el más mínimo esbozo de una mueca. Entonces aquellos rituales posteriores al verdadero juicio (que, por favor, sepan que fue llevado a cabo en la corrupta iglesia redonda de Belgrano) se realizaron: y acaricié, entonces, encapuchado, una mano de plata que apuntaba al poniente. Toqué luego, siguiendo las actividades protocolares, la madera podrida del piso de la iglesia con mis rodillas, y con los ojos abiertos sentí el cuero ardiente sobre mi espalda y los más directos castigos para mi delito de la psiquis. ¡Ah, y qué doloroso aquel momento que hoy recuerdo acaso con risas, por esta perversión y enajenación que provocaron en mí! Qué dolor siento allí, en el fondo de mi ser, al pensar en el momento en que me sentaron en la silla incómoda y frente a mí el cura que a las ropas se negaba apretó el gatillo de la pistola sobre el cráneo de mi hijo. ¿Cómo fue llevado hasta allí? Y quizá algún sentimiento humano surgió en los hombres que custodiaban la sala y vi un disparo que mató al cura y luego un golpe en mi cabeza, que ya tenía inhibida la capacidad de reacción, me dejó inconsciente.
Muchas veces dudo o muestro mis quejas ante la moral suprema que predicó aquel cura libre de costuras. ¿Está acaso justificado mi sufrimiento para que, en un futuro que posiblemente no exista, se construya algo desde esta tortura? En mi mente resuena la reverberación zumbante de la palabra "equilibrio" que el cura pronunció en algún momento en la iglesia. ¿Debo cobrar rencor ante el destino y la naturaleza por transformarme en herramienta indispensable para el buen funcionamiento de su ley? ¿No es acaso terrible reparar en cómo aquello que nos da tantos placeres, aquella naturaleza bella, a su vez nos emplea vilmente y genera situaciones terribles con el único fin de sustentarla?
Pero, sin embargo, hay un orden secreto allí, un balance adverso al que no es seguro agradecerle. ¿Por qué esta tortura inhumana, vil y criminal es abono para un futuro bello y primaveral? Hay una secuencialidad absurda, con la que es imposible amigarse, pero que, de algún modo u otro, se debe aceptar, sin ser justificada. Existe este orden inalienable, un sistema ajeno a las decisiones humanas, una reconstrucción constante; y ese sistema natural, es quien avala los crímenes. Y, ¿qué podemos hacer? Es inevitable el retorno de la maldad, es inevitable que existan las torturas, las injusticias. Y si esto es ineludible, entonces, cabe plantear la duda de si es correcto o no, si está bien que las cosas sean así, al no haber un funcionamiento alternativo bajo el reino de Dios.
El beneficio futuro que las guerras injustas otorgan al crecimiento popular, al madurar social, es indudable. Es justo quejarse con quien rige el orden de las cosas, mas no es posible intervenir en ellas. Mis gritos desesperados se oirán en todo el cielo, esta arbitraria condena es motivo de dolor y desprecio, sin embargo esta muerte que me es dada, espero, será razón del retorno del bien y la paz, de la real verdad innegable y de la justicia, aquella que aguarda en el tiempo, en algún umbral futuro, a que los males pasen para castigarlos con tardía autoridad.
Desorientado, perdido y vuelto una incógnita, algo que jamás cesará es mi batalla por encontrar el provecho extraíble de este ardor.
Desconozco mi ubicación. Pienso (casi con total certeza) que estoy debajo de plaza Once; escucho a mi lado el familiar murmullo, el cercano temblor de los subterráneos. Siento sobre mí, también, el vivo y cansado paso de los vagones del tren Sarmiento; su rumbo me orienta: el oeste, donde descansa el sol y aquel tren, están del otro lado del espejo. ¡Ah, también me ubica el apurado, insaciable paso de la avenida Rivadavia! Puedo recordarme, no sin algún aditivo imaginario de la nostalgia, caminando sobre ella, desde la estación de Caballito al parque Rivadavia. ¡Ah, la libertad, el sol, los libros y las confiterías!... ¡La realidad en la calle!
Intenté comprobar mi ubicación con el hombre que custodia... ¡puaj! Hombre inútil, despreciable, excluible, poco vivo, con su existencia cercana a la del grillo. No tuve respuesta amable ni certera. No hay ocasión en que un pensamiento sobre ese hombre se aproxime y no sienta los hedores del desprecio acercándose hacia mí. Se ha vuelto ya odiosa su filosofía nula, anulable, contradictoria. Él y esos seres fríos, hijos premeditados de aquel mundo enrejado, razonan que de esta manera, con este encierro que proponen, inmaterializándome (inmaterializándonos), piensan que así cesarán nuestras obras, nuestra palabra, nuestro grito áspero de adoquines (¡grito de gritos!). En su necedad nos inmortalizarán: pensarán que esa inmortalidad es tortuosa, pero es precisamente aquello que nos salvará y los condenará; y seremos como aquella rosa que logró emanciparse del día y de la noche, de las estaciones y del tiempo, del peligro y de la muerte, y vivió eternamente en la memoria de algún inquilino de alguna pensión en algún barrio que posó su mirada sobre ella y la salvó de la común condena mortuoria.
¡Jóvenes! Corran, entonces, por la ciudad y el país, sientan el continente y revivan sus memorias cada día, pues allí vivimos nosotros y allí vivirán también ustedes, dueños de la flamante historia. ¡Enciendan el fuego en las iglesias falsas y aun más en las verdaderas! ¡Ensucien sus ropas, ensucien lo necesario, pues la pureza está allí, en lo misceláneo de las cloacas, de la basura, del polvo, del barro, del desorden! ¡Hagan nacer en ustedes aquella violencia que no es bruta pero sí explosiva, aquella que es dulce y amorosa! Óiganse y persigan la libertad en un nuevo camino de amor; levanten estas calles influenciadas por las lágrimas de ayer, destruyan el asfalto y el grito del adoquín, para formar, al fin, la nueva tierra de la incansable voz. ¡Levanten el asfalto cuando ya no precisen de nuestra inmortalidad y sáquennos al sol, muestren al astro luminoso nuestra refulgente cara, y entonces moriremos con la frente hacia el cielo y seremos abono imperceptible para aquel porvenir que se aproxima de a segundos! ¡Y nosotros, víctimas condenadas por el orden universal, el sacrificio y el equilibrio, nosotros antes de morir, con lágrimas en los ojos orgullosos apreciaremos, como en los sueños utópicos, la solemne destrucción de las cosas inmutables!
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