"Estaba en la parada del colectivo, esperando, en una madrugada íntima después de algún encuentro. Esperaba el colectivo donde lo espero siempre por la noche con cierto temor ante la oscuridad, y donde casi nunca nadie espera. Sin embargo, esa noche sentí una presencia. Detrás de mí, había frenado suavemente una persona, fumando como yo, largando el humo espeso de las noches un poco más frías que avisan que el invierno está por llegar, y junto a él más noches de humo espeso esperando solitario, sacrificando una mano por el vicio. No era extraño que hubiese una persona, no es lo que sorprende; fue extraño lo que sentí al notarla allí. Una vez que se paró detrás de mí y percibí, sin ver, que estaba allí, sentí una suerte de concordia: sentíamos lo mismo, nos encontrábamos en un mismo lugar, protegidos mutuamente de la hostilidad de una parada tímida y supe que compartíamos un destino común irrevocable.
No veía a la persona; sabía que fumaba por el humo que no era mío, y sabía de su presencia por esa sensación que iba más allá de la presencia en sí, esa sensación que los humanos tenemos tan escondida, ese oído que es sensible a las cosas inaudibles, que percibe el arco sonoro que emana la gente, que siente la presencia, y que tanto nos atormenta cuando estamos solos, o rodeados de objetos ajenos y antiguos en una casa y sentimos la propiedad que los dueños ausentes dejaron sobre sus pertenencias.
El colectivo se demoraba, y eso nos llevó a conocernos en mayor profundidad. Conocí sus recuerdos. Su casa, la calle, una fiesta; una mesa en un costado, un cenicero y la música. Risas, una pelea. La huida rápida, el arrepiento por la emoción del momento. Las manos en los bolsillos, el paso apurado, los barrios de la capital. Un bosque, un colectivo, el jardín de infantes, el abrazo de sus padres, un beso, la tristeza, la pelea; yo de espaldas, esperando el colectivo.
Quizás él también vio mis recuerdos, fue acaso por eso mismo que decidió ponerse detrás mío en esta parada y esperar conmigo.
La calle solitaria y oscura, el colectivo que se demoraba, la soledad que aquella persona rompía y tantos factores que rodeaban el encuentro silencioso favorecieron a lograr una relación casi familiar entre nosotros, tal vez tribal. Sentimos una familiaridad secreta, que ambos sabíamos y ninguno nombraba; casi se sentía como calidez, como amistad o como amor. No quería que esa persona se resignara y se fuera caminando a la siguiente parada, para ganar tiempo, o que se fuera a esperar otro colectivo que lo dejase un poco más lejos pero que viniera más rápido. Quería a esa persona cerca, quería seguir sintiendo la seguridad que a ambos nos dio el tiempo y la naturaleza, la seguridad que a los dos nos dio la raza. Esa confianza humana tan simple, que se manifiesta con sólo pararse cerca de alguien, que se traduce en calor, que estimula la empatía y el abrazo, que se siente en las plazas repletas, en los cantos populares.
Finalmente, el colectivo llegó. Subimos, y pudimos elegir cualquier asiento, ya que era la segunda parada del recorrido y el 107 venía vacío. Nos sentamos en lugares distintos, muy alejados, y cada uno siguió su viaje, perpetuando el silencio que mantuvimos desde que nos cruzamos en la parada por primera vez, sin tener el más mínimo contacto ni decir una sola palabra en ningún momento desde nuestro encuentro, desde nuestro pacto."
No hay comentarios:
Publicar un comentario