El Palacio Tácito

   En mi vida, el Palacio Tácito se presentó como un citador atemorizante, que me persiguió azarosamente en distintas habitaciones. Se dice que un hombre dibujó al mundo con cada montaña, cada persona, cada segundo, cada habitación y cada situación; si alguien encontrase aquel mapa, me vería a mí en el Palacio Tácito. No soy el único que vive el asedio y el hostigamiento del Palacio: conformamos un grupo con demás personas que padecen lo mismo. Sin embargo, en las reuniones del club las diferencias lingüísticas impiden cualquier relación.

  El Palacio Tácito es, desde el momento en que lo conocí, una constante en mi vida. Poco tiempo gasto pensando en él, algunas veces lo recuerdo y me atormenta, otras veces lo olvido por largos días o meses, pero atravieso una puerta y me encuentro en él nuevamente. No es una obsesión para mí, es una enfermedad ocasional. Describiré mi primer encuentro con el Palacio para demostrar la condición de sus citaciones.

  Mi primer encuentro sucedió en uno de los bares de la calle Honduras, en el verano del '19. Concurrí a una reunión fugaz con una persona a la que sólo me unía una relación de índole comercial, amigos míos y de él asistieron también. Cabe aclarar que siempre que camino por la calle, una sensación pesada en mis manos se me impone, una sensación de suciedad, y debo encontrar alguna canilla donde hidratar mis manos; aquella vez también sucedió y es por eso que me dirigí al segundo piso del bar, donde se ubicaba el baño. Encontré el de caballeros y, cuando crucé la puerta, me encontré en una de las salas del Palacio Tácito. No sé si esta repentina citación fue fruto de la aleatoriedad o de los pensamientos que transité antes de conocer el Palacio.

  Esta fue la primera ocasión en que, sin aviso, fui citado al Palacio Tácito. La segunda vez ocurrió bajando por las escaleras del subterráneo en la estación de Catedral; la tercera, en un vagón del tren Sarmiento; la cuarta, en el zaguán de mi casa; la quinta, en una esquina perdida entre las calles de Haedo; la sexta, cruzando la avenida Rivadavia; la séptima, dándole la mano a un hombre que aseguró llamarse Héctor; la octava, cuando vi los ojos de mi hijo; la novena, saliendo de una librería del mercado de San Telmo; la décima, cuando toqué un acorde disonante en una guitarra; la undécima, en Condarco y Ladines; la duodécima, en la rambla de Mar del Plata; la decimotercera, en el umbral de la casa de Fernández Visciglio; la decimocuarta, contemplando una tortuga en el Parque Centenario; la decimoquinta, saltando las rejas de una plaza en Villa Martelli; y, finalmente, la decimosexta merece una descripción más detallada por la cercanía, y porque, con cada citación, comprendía con mayor precisión el fenómeno del Palacio Tácito y éste se tornaba cada vez más claro.

  No fue el escenario ni el momento lo que destaca a este último encuentro, fue la claridad con la que percibí y entendí al Palacio; la sumatoria de experiencias de las anteriores visitas llevaron a un conocimiento casi pleno del lugar (aunque llamarlo lugar es erróneo, pues éste no existe en el espacio sino en el tiempo).

  La situación fue mundana, no hubo nada que destacase, razón por la que la resumiré bastante. Tomé un colectivo hacia un destino incierto, pero con cierta preocupación por el horario. Caí en la cuenta de que me encontraba cerca del domicilio de la madre de mi madre y pensé en visitarla. Arribé al portal de la casa y golpeé la puerta y fui recibido. Merendamos junto a la ventana de calle compartiendo una charla sobre la tarde.

  —El sol a estas horas es más naranja, favorece los rostros —soltó mi abuela, mientras untaba una tostada.

  —La luz de la luna, en cambio, los empalidece y resalta ciertas vejeces.

  —A mí, ni siquiera la luz de Dios me rejuvenece.

  Nos reímos juntos y el Palacio Tácito me citó y me encontré inmediatamente en mi juzgado correspondiente. La citación no fue distinta a las anteriores: en todas, yo me encontré en la misma sala, situado en el centro y rodeado por veinticuatro jueces que se disponían en un círculo de butacas a mi alrededor, y que me juzgaban no sólo a mí, sino también a toda la humanidad. Esa vez me encontré en la misma situación, pero logré comprenderlo de una manera distinta, casi en su totalidad. Pude percibir que se trataba de un infinito edificio que contaba con infinitas salas con una cantidad determinada de jueces en cada una de ellas, que juzgaban a sus correspondientes mundos. Los veinticuatro jueces de nuestra sala eran ancianos y, a su vez, anacrónicos, aunque nadie comprendía el tiempo mejor que ellos. Las paredes de nuestra cámara correspondiente no estaban decoradas y los imponentes mármoles eternos eran blanquecinos y encandilaban los ojos. Se veían tan pesados como el juicio que caía sobre mis hombros y sobre los de todos nosotros. 

  Aquella vez noté que el inmenso Palacio, además, tiene un comienzo pero no tiene un fin y se divide en jerarquías de juicio. La característica más importante del Palacio es que habita solamente la dimensión temporal y no puede ser concebido como algo físico: el Palacio abarca la dimensión del tiempo en su totalidad.

   La risa cesó y le conté, preocupado, sobre el proceso de deterioro de la vida humana, y mi abuela respondió, con optimismo, que la vida no tenía puntos tristes si se la comprendía como a una totalidad.


  Imposible es para el humano describir aquello que excede los límites de la lengua, y aún más lo es describir lo que excede los límites de la realidad y de las dimensiones. Procedo, ahora, a describir y analizar con la mayor exactitud posible al Palacio Tácito. Mi descripción será vaga, pues la haré dentro de los límites de la lengua. Si desease describirlo de manera fiel, debería inventar vocablos cuyo significado sería incomprensible y entonces quedarían invalidados, fútiles, suspendidos entre los márgenes de mi consciencia y mi experiencia. A la imprecisión de la descripción debo sumarle la poca fidelidad de la intuición, sentido que muchas veces falla, pero que me fue imprescindible para comprender y sentir al Palacio Tácito. 

  Como aclaré, la intuición fue vital para entender al Palacio, pues éste es similar a los sueños y comparte con ellos una existencia conceptual: lo onírico es difuso y muchas cuestiones en ellos son sobreentendidas sin ser explícitamente aclaradas; más que situaciones, en lo onírico se presentan conceptos de ellas. El Palacio es semejante. Un ejemplo de ello es que yo existí en solamente una de sus salas, pero aun así comprendí la infinidad de ellas. Noté, también, veinticuatro jueces a mi alrededor, dispuestos en un círculo que me rodeaba, pero no vi sus caras. Tampoco fui advertido, pero supe inmediatamente que me juzgaban a mí y a la humanidad en su totalidad. No conocí las demás salas ni a los demás jueces, pero supe que en otras cámaras había diecinueve, siete mil doce, otros veinticuatro, sesenta, uno, cuarenta y dos, siete o trescientos jueces que también juzgaban (juzgan) otros orbes, otros mundos, otras civilizaciones.

  La existencia del Palacio no es palpable, no es tangible: el Palacio habita en el tiempo y no en el espacio. Su existencia sólo es medida y asegurada por el reloj en mi muñeca, por la clepsidra del rey, por la gravedad que rige el caer de la arena, por el reloj de tu casa, por el sol o por las arrugas de nuestras pieles.

  En cuanto a los jueces, en mi sala (nuestra sala) eran veinticuatro. Su edad era indescifrable e infinita. Su presión, inigualable. La pesadumbre que caía sobre mí aquellas veces en que fui citado era atroz, pues la sensación de juicio era insoportable y eterna (incluso cuando abandonaba el Palacio era consciente del eterno juicio severo). Mi entrada al Palacio era repentina e igual lo era mi salida: nada en el mundo cambiaba una vez que yo salía y tampoco nada en el tiempo. Quizás su aparición era una revelación divina que se me presentaba exclusivamente a mí y a los integrantes del club, de los que más tarde hablaré.

  Intuyo que el Palacio es un tribunal superior a cualquier otro en este mundo, intuyo también que hay un tribunal que, a su vez, lo rige a él y otro que rige al rector. Pienso en una infinidad de tribunales y así comprendo la imposibilidad de la perfección absoluta y de la existencia de un Dios, pues los tribunales no tienen una cabeza ni un Tribunal de Tribunales: son infinitos. Intuyo que habitamos uno de los niveles más bajos de los tribunales, pero aún así nuestro juicio es justo y no hay desigualdades que la naturaleza no sepa justificar. A pesar de todo esto, no logré una total compresión del Palacio, y en un futuro, quizá, pueda descubrir irregularidades, aunque más bien se trate de diferencias morales (algo que aprendí en el Palacio es que el Universo no comparte la moral humana).

  Finalmente, hablaré mínimamente del club que se conformó. De todos modos, poco hay que decir. Es un club internacional conformado por veinticuatro personas. Se me encargó a mí la escritura y descripción del Palacio ya que soy el único de los veinticuatro con una mínima habilidad para las letras, y es simplemente porque en mi pasado logré escribir ciertos ensayos breves. Los demás, por lo que pude descifrar, no son intelectuales, religiosos ni políticos; sus vidas no van más allá de sus trabajos rutinarios y su cotidianeidad. Hay doce hombres y doce mujeres, y pocas veces nos entendemos por el castigo de las lenguas y las distancias. Al ser veinticuatro, es inevitable pensar en la broma de que podamos ser nosotros mismos los veinticuatro jueces, y es inevitable, también, pensar que esa broma pueda resultar en una inquietante realidad.

  

  Lo dicho es todo lo que hoy puedo describir sobre el Palacio Tácito y sobre las veces en que, repentina y obligatoriamente, fui citado. Al día de la fecha, 16 de noviembre del año concurrente, mi tiempo avanza y continúo esperando la citación número diecisiete.

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